Lunares. Los tenemos todos. Repartidos por nuestros cuerpos, pequeñas manchas en la piel, huellas del Sol, relieves de sueños inalcanzados por dedos que se deslizan por la espalda.
Lunares, escondidos y secretos. Aquellas motas de marrón chocolate que a simple vista nadie alcanza a ver. Es necesario, como en un ecplipse, cubrirse los ojos con una máscara para poder ver en el azul translúcido de las gafas de soldador los pequeños puntos que la luna, detrás de su belleza, guarda. Como pequeños refugios. Artes lunares que llegan desde muy lejos, aunque siempre han estado ahí. En cada fase lunar, cada mes, es un nuevo comienzo. Crecer, sembrar, llenar, expandirse, crear, hasta llegar a la plenitud para vaciarse de nuevo, poco a poco, con la misma paciencia que hemos dedicado a construirnos, para esta vez desbordarnos en la nada de la nueva fase, que nos permite volver, crecer, sembrar, crear.
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